
Abajo les dejo un breve apartado de un trabajito que escribí sobre la filosofía de Michel Foucault y su posible relación con la teoría política (la cual personalemente encuentro imposible).
El apartado trata sobre el apoyo prolongado, reiterado en numerosas oportunidades, y nunca rectificado, que Foucault brindo a la "revolución islámica" del ayatollah Jomeini en Irán (hecho no sólo deplorable sino terriblemente irónico, puesto que el mismo Foucault, dada su condición de homosexual, hubiera sido lapidado por los fanáticos que derrocaron al Sha).
No en vano, como afirma Marcello Pera, entre los múltiples problemas del relativismo encontramos que, por una parte propone que todas las culturas son igualmente válidas, simétricas o mutuamente incomparables; pero, a la vez, que la occidental es la peor de todas...
“Este es uno de los más hermosos capítulos del encuentro entre el islam y el pensamiento posmoderno… Foucault, como crítico de la cultura occidental, de la sociedad de control (control que se muestra en todos los niveles: de la natalidad, del cuerpo, del tiempo, de la historia) y el sistema carcelario, no pudo sino sentir que los principios del Islam habrían de traer una nueva dinámica a las sociedades posmodernas. De ahí sus sorprendente modo de calificar la revolución iraní como la primera revolución post-moderna de la historia”.
Seyyed az-Zahirí (2004)
“Cúbranse o serán golpeadas”.
Cántico del Hezbollah (1)
Dediquémosle unas líneas al pasmoso apoyo brindado por Foucault a la revolución iraní de 1979 –que entronizó a uno de los peores déspotas teocráticos que haya conocido el siglo XX.
¿Qué pudo llevar a Foucault a hacer una apología tan delirante?
En primera instancia el hecho hace remitir casi con necesidad a sus dos grandes maestros –uno inspirador del nazismo, el otro directamente filósofo oficial y führer universitario-. De hecho, tanto Nietzsche como Heidegger cayeron fascinados por “hombres fuertes” (2). Podría ser entonces que uno de sus más brillantes discípulos padeciera la misma tendencia de genuflexión ante el autoritarismo.
En esta línea parecen situarse las cáusticas palabras de Edmund White respecto de que “… Foucault era un hombre que se sentía atraído, política y sexualmente, por las formas más totalitarias del poder” (Sebreli, 2006, pág. 301). En cualquier caso, veremos abajo, el problema podría ser más profundo que la filiación nietzscheana o las atracciones y gustos personales.
Como reza el primer epígrafe de este apartado, Foucault puede considerarse un gran crítico de la (supuesta) “sociedad de control” occidental. Buena parte de su obra puede leerse como una denuncia, o directamente como un repudio, del mundo moderno.
Ello nos lleva a sugerir que, quizás, su imposibilidad para contemplar ciertos aspectos gananciosos aportados por la modernidad y las Luces, sumada al interés por los “microfascismos” y la negativa a reconocer diferencias de orden sustancial entre los gobiernos democrático-republicanos y los totalitarios, provoquen lo que Afary y Anderson (2004) consideran una falla grave en su perspectiva general y una crítica totalmente parcial, e inmerecida, de la modernidad.
Por tanto, puede pensarse que los artículos publicados en el Corriere della sera distan de ser “no foucaultianos”, como increíblemente ciertos epígonos de nuestro filósofo proponen (Afary; Anderson, 2004); ni que estén vinculados con la fascinación que la muerte hubiera provocado en Foucault (3) (Miller, 1993); tampoco con la atracción sexual que le hubieran podido provocar los totalitarismos (Sebreli, 2006) y menos aún con la radicalidad antojadiza o lisa y llanamente caprichosa con que el mismo Foucault (1993) parece orientar sus acciones políticas.
Muy por el contrario, creemos –como indican Afary y Anderson- que los mismos quizás puedan contribuir significativamente a un mejor entendimiento de las ideas foucaultianas y, lo que es relevante para este trabajo, sus consecuencias para a filosofía, la teoría y el accionar políticos.
O lo que a modo de interrogación expresaríamos de la siguiente manera: ¿podría considerarse el islamismo foucaultiano como un legítimo desprendimiento de su prédica relativista y anti-occidental? Pues, como señala Ernest Gellner, el relativismo –pese a la notable incompatibilidad- suele tener por bestia negra exclusivamente al positivismo (en el sentido más laxo de la palabra) despreocupándose por el fundamentalismo: “Los relativistas… dirigen sus ataques sólo a aquellos a quienes acusan de positivistas… pero tratan de minimizar el desacuerdo que lógicamente los separa del fundamentalismo religioso. Su actitud, más o menos, es que hay que tolerar el absolutismo con tal que culturalmente esté lo suficientemente lejos” (Gellner, 1992, pág. 106).
Ciertamente, desde hace un tiempo, observamos con gran preocupación que buena parte de la “intelectualidad” occidental comparte rasgos con los fanáticos opus-deístas. A saber, ambos grupúsculos ejercitan la autoflagelación (4): éstos mediante el uso de instrumentos para la tortura física, aquellos a través una incesante prédica notoriamente sesgada y absolutamente culposa y negativa dedicada con carácter de exclusividad a machacar sobre los errores y las sombras de un Occidente ya sin redención posible.
Notas:
(1) El epígrafe reproduce una de las amenazantes estrofas vociferadas por los partidarios del Hezbollah a propósito de las marchas de protesta suscitadas en el Día Internacional de la Mujer (08/03/1979) contra la represión integrista en Irán (Afary, Anderson, 2004).
(2) De la evidente y documentada admiración por parte de Heidegger hacia la figura de Adolf Hitler poco podríamos agregar. Sobre Nietzsche, permítasenos reproducir las magistrales palabras de Pío Baroja: “Hay en él… algo de sádico, del que goza en hacer sufrir; goce de débiles más que de fuertes. Siente entusiasmos por los hombres que aplastan: Napoleón, Bismarck; entusiasmos de hembra histérica” (1899, pág. xxiii).
(3) Relacionada en este caso con el énfasis en el martirio de los revolucionarios iraníes.
(4) El “goce masoquista” se percibe también en estudios antropológicos o culturales, cuyo principal interés parece situarse en remarcar la fatal inconmensurabilidad y las diferencias insuperables que separan a observador y observado. De ahí, la demonización de quienes osen volver de alguna experiencia de campo con datos corroborables (Gellner, 1992).
Bibliografía [sólo correspondiente a este apartado]
Afary, J.; Anderson, K.(2004) “The seductions of islamism” en New Politics, publicación on-line: http://www.wpunj.edu/newpol/issue37/Afary37.htm
az-Zahirí, S.(2004) “Democracia islámica en Irán: hacia un iÿtihâd colectivo” en http://www.webislam.com/numeros/2004/243/noticias/democracia_islamica_iran.htm
Baroja, P.(1899) “Nietzsche y su filosofía” en Así hablaba Zaratustra, Editorial Porrúa, México, 1998
Foucault, M.(1979) “Las relaciones de poder penetran en los cuerpos” en Microfísica del poder, Las ediciones de la piqueta, Madrid
(1982) “El sujeto y el poder” en Michel Foucault: más allá del estructuralismo y la hermenéutica, Ediciones Nueva Visión, Buenos Aires, 2001
(1993a) “Las redes del poder” en Las redes del poder, Editorial Almagesto, Buenos Aires
(1993b) “Lo que digo y lo que dicen que digo” en Disparen sobre Foucault, Editorial El cielo por asalto, Buenos Aires
(1994a) “La filosofía analítica de la política” en Estética, ética y hermenéutica, Paidós, Barcelona, 1999
(1994b) “Metodología para el conocimiento del mundo: cómo desembarazarse del marxismo” en Dits et écrits (Tomo III), Gallimard, París
Gellner, E.(1992) Posmodernismo, razón y religión, Paidós, Barcelona, 1994
Miller, J.(1993) La pasión de Michel Foucault, Editorial Andrés Bello, Santiago de Chile, 1996
Sebreli, J.J.(2006) El olvido de la razón, Editorial Sudamericana, Buenos Aires